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miércoles, 9 de noviembre de 2011

El trastero de Elena



Elena tiene un trastero. Allí dormitan cándidamente sus cachivaches. Una mesa de camilla, una cabeza de venado y una alfombra de piel de vaca son algunos de sus insignes moradores.

Elena lo llama el purgatorio de los muebles. Un purgatorio en el que las plegarias e indulgencias no están previstas. Para ellos -cabizbajos, decaídos, otrora lustrosos servidores de la casa- el tiempo se paró aquel día que descendieron a su nuevo rincón de “la casa”. Y allí se encuentran, esperando vehementes el fatal juicio final de Elena sin saber que su verídico sino es el contenedor de la esquina, con viaje sin retorno al infierno del vertedero.

Pobres ilusos…

La lámpara rosa, el arcón de madera que guarda la ropa vieja, el ventilador de aspas y la cuna infantil, se purifican para nada en el purgatorio de Elena, su trastero.


Pensando en alto, creo que en justicia deberíamos pasarnos de vez en cuando por el trastero, y salvar algún mueble, colocarlo lozano de nuevo en aquél rincón de la casa, hasta que vuelva a estorbar, hasta que de nuevo merezca el purgatorio de los muebles, aquél del que nunca se pasa a mejor vida.

domingo, 25 de julio de 2010

Senectud divino tesoro

Ya lo decía hace tiempo: la vida es pura contradicción.

Una calle de apenas cinco metros divide la guardería del barrio de un nuevo geriátrico. Un retiro para mayores de esos subvencionados. Nuevo. Muy bonito por fuera. Los que en esa calle conviven -unos y otros- casi se dan la mano. En todos los sentidos. Cercanos en el tiempo según se mire: unos acaban de llegar de la nada, de una explosión, de no sé donde; otros, lamentablemente para los suyos –espero-, a punto están de dirigirse a aquél lugar del que ¿proceden aquéllos?

(Perdonad la franqueza) Todos ellos –los de un lado y otro- babean, tienes escapes, hay que limpiarlos, darles de comer y, a veces, a penas se les entiende. También agotan la paciencia, seguro, de quienes velan sus acciones.

Resulta contradictorio que, empezando a ver el mundo que les dejamos, aquéllos se parezcan tanto a esos otros cuyo ocaso está ya próximo. Y por raro que parezca no son iguales, no son lo mismo. Otra vez la maldita contradicción vital.

Pensando en alto, es curioso que, aunque nos quede lejano, ayer balbuceábamos a dos palmos por encima del suelo. Lo sabemos a ciencia cierta; aquellas fotos manidas, amarillentas, testigos del tiempo pasado, siempre nos recuerdan esa etapa. Pero resulta todavía más curioso el hecho indisoluble a la condición humana de no dedicar unos segundos a pensar que algún día, más pronto que tarde, vamos a estar a dos metros del suelo. Y antes nos limpiarán las babas y los escapes, nos darán de comer, y a penas se nos entenderá al hablar…

miércoles, 10 de octubre de 2007

La caja de música


Allí, en el viejo arcón, olvidada hasta del polvo, encontré una caja de música. Le pregunté a la Abuela, y con una sonrisa pícara me contó que en esa pequeña caja guardó sus secretos hace mucho tiempo. “Dale cuerda” –me dijo-. Y comenzó a sonar -como no podía ser de otra manera- “El lago de los cisnes”.

Cabeza al techo, sonrisa melancólica, ojos vidriosos... Quién sabe que recuerdos le vinieron a la Abuela en ese momento.

Pero, ya no quedaba nada en la caja. Sólo el doliente movimiento de la bailarina al son de la sempiterna pieza musical (la banda sonora de los momentos tristes). Se evaporaron todos los secretos de la abuela; sus pendientes de fiesta, el mechón de cabello, y las palabras de algún enamorado.

Mientras la frágil bailarina repetía su baile de siempre, la paulatina pérdida de la memoria más inmediata, no le impedía a la Abuela retener con claridad los recuerdos del ayer. De ese ayer que contemplaba llantos al son de “El lago de los cisnes” y el giro monótono de una pequeña bailarina con faldellín que tantas veces acompañó esa melodía.

En realidad, pensando en alto, creo que la caja de música debería haberse quedado en su sitio, olvidada hasta del polvo. Al menos por lo que a mí respecta.

jueves, 14 de junio de 2007

El sabor de la fruta robada


Para algunos, la mejor fruta es la fruta verde y ácida. Para otros, la mejor es la fruta madura. Pero creo que lo cierto es que no hay fruta que sepa mejor que la fruta robada.

Esto, aunque lo parezca, no es un juego de palabras, o sí…

sábado, 26 de mayo de 2007

Bonita decadencia

Siempre he pensado que la vida es pura contradicción: Día-noche; luna-sol; verano-invierno, etc. Sin embargo, a veces, estos dualismos los llevamos hasta el extremo, sin darnos cuenta de que la mezcla de elementos dispares puede ser el más bello de los experimentos. De ahí bonita decadencia, porque la decadencia puede ser bonita, porque la vida es pura contradicción.

Esa es la explicación pública del nombre de mi blog (la otra, la oficiosa, se la habrán de preguntar a ciertos compañeros de determinado viaje).

En cuanto a su contenido, será variado, sin otra pretensión que la de airear ciertos pensamientos, entretenerme y, por supuesto, entretener a quien lo lea.

Espero vuestros comentarios, aunque sean contradictorios.

Esto comienza ya…